martes, 29 de abril de 2014

UNCIÓN DE ENFERMOS, HISTORIA

SACRAMENTO DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS (HISTORIA)



  1. Significado de la Unción de los Enfermos
Aceite y unción (AT y NT)
En el Antiguo Testamento la unción se daba para separar a una persona para que realice un servicio especial que Dios le había encomendado; en particular era ungidos el Rey, el Sacerdote y el Profeta, en casos especiales también fueron ungidos los jueces y personas que Dios separaba para realizar tareas específicas.
También eran ungidos los utensilios del templo y sus diversas cosas en señal de consagración.
El sacramento de la Unción es el sacramento de la esperanza teologal, de la esperanza de entrar en la Gloria; de la entrega tranquila del espíritu en los brazos amorosos del Padre-Dios; en los brazos en los que Cristo entregó el suyo desde la Cruz. No de una esperanza que fija su meta en el bien físico de la salud corporal, sino de una esperanza teologal que tiene puesta la vista en la resurrección de ese cuerpo dolorido que ahora está ungido con el óleo, y en su destino final que es la Gloria.
No es un remedio terapéutico de la enfermedad del cuerpo, pero al infundirle fe y esperanza al enfermo, bien puede aliviarle suavizándole la enfermedad, haciéndola mucho más llevadera..., e incluso sanándola, si ello ha de redundar en bien del alma. (Esta doctrina está recogida en el Concilio de Trento, de acuerdo con la Tradición de la Iglesia)
En el sacramento de la Unción de los Enfermos se realizan dos gestos o signos que tienen un profundo sentido: la imposición de manos y la unción con aceite.
El mismo Jesús practicó el gesto de la imposición de manos sobre los enfermos (Mc 6,5; Mt 8,3; Lc 4,40) y lo encargó a sus discípulos (Mc 6,18), que lo practicaron habitualmente (Hch 9, 12.17; 28,8) Es un signo de la bendición que este sacramento confiere.
Respecto a la unción, los seguidores de Jesús, aún cuando estaban con él, ungieron a los enfermos (Mc 6,13) y el mismo Jesús utilizará otros símbolos como la saliva (Mc 7,32-33; 8,23; Jn 9,6) para devolver la salud. Esta unción con aceite simboliza la unción del Espíritu que conforta y auxilia en la enfermedad, identificando al cristiano con Jesucristo resucitado.
La Iglesia Apostólica tuvo un rito propio a favor de los enfermos, el gesto de la unción de los enfermos atestiguado por Santiago 5,14-15.
En la tradición bíblica el aceite es signo de alegría, de riqueza, de felicidad (Sal 23,5; 104,15; 133,2; Mi 6,15), pero también es considerado un alimento y una medicina capaz de resplandecer la salud o de aliviar los dolores (Is 1,6; Lc 10,34) y de dar fuerza. Precisamente por estas cualidades quien era ungido con aceite era capaz de llevar a cabo cosas extraordinarias, así Saúl (1 S 10,1-6), David (1 S 16,13; 2 S 23, 1-2) y también el Mesías (Is 61,1 = Lc 4,18). La unción es como el vehículo del Espíritu de Dios que reviste a las personas que el Señor ha escogido con la fuerza necesaria para corresponder a la vocación a la que él las llama.
La unción de la que habla Santiago es original en relación con el AT, no se identifica por completo con ninguna de ellas. Por ejemplo se extiende hasta la remisión de los pecados.
En el texto de Santiago es evidente el contexto de fe en que se realiza. La oración de fe, excluye toda concepción mágica de la eficacia del aceite. El resultado de la unción se atribuye a la oración. La unción con el óleo tiene una finalidad religiosa, es hecha en nombre del Señor. Unción en el NT significa: “mediante la fuerza del nombre del Señor que se invoca”, haciendo presente la acción salvadora del que curó a los enfermos y ahora está glorioso en el cielo. Más que por mandato o por voluntad instituyente de Cristo, es significando la presencia del Señor  que actualiza su salvación por la fuerza de la invocación  de su nombre. La salvación –efecto de la unción- de que habla el texto, interesa a todo el hombre, que pasa de la esfera de la muerte a la de la vida.
El texto de Santiago habla de una oración y de un rito, destinado a un enfermo grave, pero no a un moribundo. Se trata de un rito institucionalizado, desde el momento en que se llama a los presbíteros de la Iglesia. Tiene un carácter Eclesial y comunitario. La eficacia está unida a la oración de fe en el Señor Glorioso. Los efectos están indicados por los verbos “salvar” y “levantar”, que miran al hombre entero, no excluyendo la curación corporal, pero no se limitan solo a ella, y no la exigen necesariamente.
La tradición ha reconocido en este rito el sacramento de la unción de los enfermos. El texto de Santiago para ser comprendido en el sentido de sacramento de la unción, debe ser leído a la luz de la tradición viva de la Iglesia y no solo exegéticamente.
El sentido fundamental de este sacramento lo podemos concretar en estas afirmaciones:
   * A través del sacramento de la Unción, la Iglesia se dirige al Señor para pedir la salvación y el alivio de sus miembros enfermos, así como la fortaleza para aquellos que afrontan la debilidad de la vejez.
    * Por la Unción, el enfermo y el anciano se ven fortalecidos en su fe porque se hace patente la relación profunda que su situación guarda con la muerte y resurrección de Jesucristo.
    * Este sacramento perdona los pecados de aquel que lo recibe, haciendo presente la misericordia de Dios
    * La solidaridad y el servicio de la Iglesia para con sus enfermos y ancianos se concentran litúrgicamente en los gestos que se realizan en este sacramento.
Son receptores del sacramento:
    * Los fieles que por enfermedad grave o a causa de su avanzada edad se encuentran en peligro de muerte. El sacramento puede repetirse si el enfermo recupera de nuevo sus fuerzas después de recibir la Unción de los Enfermos o si durante la misma enfermedad se presenta una nueva recaída.
    * Los que vayan a someterse a una intervención quirúrgica como consecuencia de una enfermedad peligrosa.

Efectos de este Sacramento
    * Un don particular del Espíritu Santo. La primera gracia es de consuelo, paz y ánimo para vencer las dificultades propias de la enfermedad o la fragilidad de la vejez. Es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, como el desaliento y la desesperación.
    * El perdón de los pecados. Pues se requiere además el arrepentimiento y confesión de la persona que recibe el sacramento.
    * La unión a la Pasión de Cristo. Se recibe la fuerza y el don para unirse con Cristo en su Pasión y alcanzar los frutos redentores del Salvador.
    * Una gracia eclesial. Los enfermos que reciben este sacramento, uniéndose libremente a la Pasión y Muerte de Jesús, contribuyen al bien del Pueblo de Dios y a su santificación.
    * Una preparación para el paso a la vida eterna. Este sacramento acaba por conformarnos con la muerte y resurrección de Cristo como el bautismo había comenzado a hacerlo. La Unción del Bautismo sella en nosotros la vida nueva, la de la Confirmación nos fortalece para el combate de la vida. Esta última unción, ofrece un escudo para defenderse de los últimos combates y entrar en la Casa del Padre. Se ofrece a los que están próximos a morir, junto con la Eucaristía como un "viático" para el último viaje del hombre.





  1. Historia de la liturgia de la unción de los enfermos
En la Iglesia Latina se distinguen cuatro periodos.
  1. Época apostólica y sub-apostólica a la época de la reforma Carolingia (finales del siglo VIII)
  2. Desde la época Carolingia hasta el concilio de Trento
  3. Desde Trento y ritual pos-Tridentino hasta las exigencias de renovación del C VII
  4. Época actual: Concilio V II y el pos-concilio
2.1.               Desde la época apostólica hasta la reforma carolingia
En este periodo solamente encontramos fórmulas de bendición del óleo y testimonios sobre su uso, pero no rituales propiamente dichos.
El primer documento la Tradición Apostólica, de principios del siglo III atribuida a Hipólito de Roma (+325). Antes de este documento los testimonios sobre la unción son muy escasos y poco seguros.
Después de haber citado la plegaría eucarística Hipólito añade: “si alguien ofrece óleo que (el obispo) dé gracias lo  mismo que para la oblación del Pan y del vino –que se exprese no en los mismos términos, sino en el mismo sentido- diciendo: al igual que santificando este óleo das, oh Dios, la santidad a los que son ungidos con él y lo reciben ( éste óleo) con el que ungiste a reyes, sacerdotes y profetas, que dé también fortaleza a quienes lo prueben (gustantibus) y salud a cuantos lo usen (utentibus)”.
No es claro que se trate de una bendición específica de un óleo para los enfermos, sino que se bendice óleo para todos los usos. En cuanto al uso la fórmula dice que el óleo puede ser “probado”, “usado” o “recibido”. El efecto firmado es la “fortaleza”  (confortationem) y la “salud” (sanitatem). No dice nada con respecto al ministro del óleo bendecido. Lleva consuelo y salud.
Los sacramentarios romanos Gelasianos (Gev) y Gregoriano (GrH), nos han transmitido la fórmula romana Emitte, cuya composición data por lo menos del siglo V. es una fórmula epiclética que invoca al Espíritu Santo sobre el aceite. Se invoca al Espíritu Santo de quien el óleo y la unción son signos. El modo de usar este óleo varía: unción (ungenti), bebida (gustanti), aplicación (tangenti). No se dice quien lo aplica, pareciera que fuera el mismo enfermo. El efecto es la curación de todo el mal del cuerpo y del espíritu.
Otros testimonios, la Carta de Inocencio 1 a Decencio, obispo de Gubbio, del 19 de marzo de 416: En la carta se subraya la importancia fundamental de la bendición del óleo por el obispo; se determina que el texto de Santiago debe entenderse como referido a los fieles enfermos (excluidos sin embargo los penitentes públicos, porque el óleo pertenece al "genus sacramenti") que pueden usar el óleo para sus necesidades personales (y, por lo tanto, no sólo los presbíteros).
Es asimismo interesante para la iglesia de la Galia la predicación de Cesáreo de Arlés (s. vi) que considera la unción en el contexto de la lucha cristiana contra los ritos mágicos paganos de curación, presentándola como el remedio más seguro y más fuerte, porque es el signo de Cristo, el principal y más fuerte antagonista de las fuerzas diabólicas. Es evidente que, aun desde una perspectiva de fe, el pensamiento de Cesáreo tiene el peligro de asumir un significado ambiguo, especialmente cuando debe subrayar que la unción produce sobre todo efectos corporales. Cesáreo habla también del perdón de los pecados, en particular de los que son causados por las prácticas paganas. La bendición del óleo está reservada a los presbíteros, pero los fieles pueden usarlo libremente.
La iglesia, al prolongar la acción de Cristo con los enfermos, valora el uso y la confianza de los pueblos mediterráneos en las virtudes curativas del aceite de oliva y bendice así el óleo que se usaba para los enfermos. Sin embargo, el acento se pone en la bendición del óleo (caracterizada por la solemne epíclesis), que los laicos pueden aplicar a los enfermos y que los fieles enfermos usarán en caso de enfermedad, en comunión con la iglesia; en Roma, a partir del s. vii, la bendición se pide solamente al obispo el jueves santo. Además, el texto de la carta de Santiago, sobre todo a partir de Inocencio I, se introduce en las oraciones litúrgicas para la bendición del óleo y se convertirá en la fuente inspiradora de los rituales que poco a poco se van formando en este momento. Finalmente, la relación eucaristía-unción es evidente: esta relación hará, al menos en la época pre-carolingia, que la unción no se interprete como un sucedáneo de la medicina, casi como una medicina cristiana, ni tampoco como una intervención milagrosa, sino como un recurso a la iglesia, signo de Cristo, salvador del hombre integral, al que debemos abrirnos en la fe.
De las diversas fórmulas de bendición del óleo contenidas en los sacramentarios, así como de los testimonios de  los autores eclesiásticos de los siglos V_VIII, podemos entresacar los elementos esenciales que caracterizan dicho periodo hasta la reforma carolingia:
  1. Disponemos –desde el siglo III- de fórmulas de bendición del óleo para los enfermos.
  2. El ministro de tal bendición es el Obispo, que la realiza durante la plegaría eucarística.
  3. El óleo consagrado por el Obispo recibe del Espíritu las virtudes sanadoras.
  4. De los escritores eclesiásticos surge la praxis de aplicación del óleo, es decir, la unción. La misma realizada no solo por los presbíteros sino también por los laicos.
  5. Los destinatarios son los enfermos, cualquiera sea su enfermedad, y no solo los enfermos graves, y menos sólo los moribundos.
  6. La curación corporal es el efecto principalmente invocado. Pero se mira siempre la salvación de todo el hombre: alma, espíritu y cuerpo. Al efecto espiritual y de perdón de los pecados se le da una importancia relativamente secundaria.
  7. No tenemos un ritual para la unción.

2.2.               Desde la reforma carolingia hasta el concilio de Trento
El periodo que va desde el siglo VIII- XII se caracteriza por una rica documentación en la praxis de la unción que muestran cambios importantes en la concepción y sentido, en la aplicación y celebración, en el ministro y en los sujetos de este sacramento.
En este periodo de la Iglesia Latina proliferan los rituales, tomando como base los textos gelasianos y gregorianos del tratamiento de los enfermos. La novedad de los rituales no consiste en la bendición, sino en los ritos de aplicación del óleo o administración del sacramento. Bendición y aplicación, constituyen el sacramento, pero la centralidad la adquiere la aplicación ritual.
El papel de los presbíteros. El clero asume cada vez más un papel determinante; además se le reserva la unción (a este propósito, piénsese en el significado y la importancia que tuvo, para la reforma carolingia[1], la reforma del clero[2], y en la unión cada vez más estrecha entre penitencia sacramental y unción, con el consiguiente incremento del papel determinante del sacerdote en el proceso penitencial y, por tanto, también en la administración de la unción).
Los efectos. Se ponen cada vez más de relieve los efectos espirituales de la unción (sin embargo, esto no significa que ya no se piense en el efecto corporal), vistos, sobre todo a partir del s. x, como purificación del mal: los sentidos se ungen no en cuanto, enfermos, sino en cuanto instrumentos del pecado. En efecto, la enfermedad, en este tiempo, se considera progresivamente como ocasión para la conversión de los pecados y como momento de reconciliación con Dios, que exige la intervención del ministerio sacerdotal: piénsese, por ejemplo, en los decretos del concilio Lateranense IV, que prescriben "quod infirmi prius provideant animae quam corpori" (COD, pp. 221s).
 La unción "ad mortem'. La evolución más importante y significativa proviene del deslizamiento generalizado del rito de la unción hacia el momento de la muerte, causado por la asociación de hecho de la unción con la penitencia ad mortem y con el viático. Esta praxis provoca el desarrollo de una teología de la unción que pone de manifiesto, de un modo cada vez más unilateral, la perspectiva de la unción ad mortem: así la unción, ritualmente unida a la penitencia ad mortem, aparecerá como la culminación del rito de la reconciliación (no por casualidad se transfiere a la unción la problemática penitencial de la repetibilidad, de los entredichos...). La praxis llega así a la denominada extrema unción, pero sin que la mayoría de los textos litúrgicos sufra en su contenido modificaciones similares a la evolución del rito hacia la muerte; en efecto, todavía hablan de alivio y de la vuelta del enfermo a las actividades de la vida normal.
Los rituales presentan la siguiente secuencia ritual: entrada en la casa, bendición del agua y aspersión de la misma, confesión y ritos de penitencia (salmos, oraciones), unciones y viático con sus oraciones correspondientes y una bendición del enfermo.
Entre el s IX y s XI los rituales vinculan cada vez más la unción con la reconciliación penitencial recibida a la hora de la muerte: la penitencia ad mortem. Dada la rigurosa disciplina penitencial los cristianos dejan la confesión hasta el momento en que se ven  ya en trance de morir y no  queda la menor esperanza de recuperar la salud.
Costumbre que se mantiene hasta el Concilio Vaticano II, no recibir la unción sino en el artículo de muerte y como complemento de la penitencia. De ahí que se hagan las unciones en los órganos de los sentidos considerados como instrumentos de pecado, acompañados de fórmulas deprecativas que piden el perdón de los pecados cometidos por ellos, se acentúan los efectos espirituales de la fortaleza espiritual y el perdón de los pecados y se va marginando el efecto corporal sanativo.
La unción viene a ser considerada como un sacramento de preparación a la  muerte y solamente a los moribundos.
A partir del s XIV comenzó a celebrarse la unción después del viático. La unción que ya había llegado a ser la última penitencia, fue comprendida entonces como el último de los sacramentos antes de la muerte. Llegó a ser más que nunca la “extremaunción”.

Los rituales latinos de la unción se clasifican en tres tipos: según la  manera como organizan la aplicación del óleo bendito (formula, numero y lugar de las unciones):
  1. Los rituales del primer tipo son los más antiguos (s VII). En ellos se emplea una o diversas fórmulas en indicativo, en el momento de la aplicación o unciones, cuyo número no es siempre el  mismo y cuyo lugar no se especifica.
  2. Los rituales del segundo tipo (s IX) acompañan cada unción con una fórmula propia, pero las unciones no se limitan todavía a los cinco sentidos, y las fórmulas suelen ser indicativas.
  3. Los rituales del tercer tipo (finales del s X) reducen casi siempre las unciones a los cinco sentidos, y a cada unción acompaña una fórmula deprecativa. Cada vez más estas fórmulas se asemejan a las de la absolución penitencial.
Hay que observar que casi siempre los rituales, prescriben además de las unciones, una imposición de manos, destacada por la unción que la acompaña.

. LOS SS. XII-XVI (LA REFLEXIÓN ESCOLÁSTICA). Elementos generales.

a) La estrecha relación entre unción y disciplina penitencial. Ya era una praxis. Está claro por esto la conexión con la disciplina penitencial y con el peligro de muerte como condición previa para recibir el sacramento. Visón teológica con perspectiva escatológica, conclusión de la vida cristiana comprendida como curación espiritual, y que engloba, en analogía con la sucesión de tres ritos de la iniciación cristiana, una sucesión paralela de tres ritos de una especie de iniciación escatológica: penitencia, viático y unción.
b) La interpretación de Abelardo relaciona, por una parte, la unción con el bautismo (unción bautismal), y por lo tanto con la idea de consagración; y, por la otra, con la penitencia, y por ende con la remisión de los pecados. La primera relación abre la perspectiva de la unción como complemento de la consagración bautismal, en el sentido de que la consagración bautismal inicia a la vida cristiana en su fase terrena; la unción, por el contrario, completa, es decir, pone fin a la vida cristiana, preparando al fiel para la vida futura y garantizando un especial fulgor al cuerpo en la resurrección. La unción, calificada ya como extrema unción, prepara al hombre para la visión divina. La segunda relación no hace otra cosa que explicitar la progresiva fisonomía penitencial que ya estaba asumiendo la unción.

c) Interpretación franciscana (Buenaventura, In IV Sent., 1. IV, a. 1, q. 1, y Duns Escoto, In IV Sent., 1. IV, d. 2; a. 2; d. 23; a. 1). Para Buenaventura el sujeto de la unción no es el enfermo, sino el moribundo, considerado como "venialmente pecador". La unción, pues, actúa sobre los pecados veniales, para purificar radicalmente al hombre en ese ámbito de pecados difícilmente vencibles durante la existencia terrena; además se convierte también en alivio del alma del moribundo, hasta redundar, de algún modo, en beneficio de la psicología y del cuerpo del moribundo. Duns Escoto considera la unción como el sacramento que perdona todas las culpas veniales con vistas a la entrada inmediata en la gloria; por esto solamente puede ser administrada en el último instante (en el que ya no se puede pecar más) o también cuando se ha perdido la conciencia.
d) A nivel de celebración. Litúrgicamente, la praxis se va orientando hacia un tipo único de ritual; en particular vale la pena recordar el contenido en el Pontifical Romano del s. xnl, que influyó ciertamente en la reflexión escolástica. Este tipo de ritual contiene, concentrados en sucesión continua, los ritos ad mortem. Pero será preciso llegar al s. xv para que se generalice, incluso ritualmente, la unción después del viático.

3.3.        Trento y el ritual postridentino
Los ss. xvi-xx.
a) El concilio de Trento: la unción se entiende como "consummativum" no sólo de la penitencia, sino de toda la vida cristiana considerada como una penitencia continua (= lucha continua contra el pecado). En segundo lugar, el concilio sitúa la unción dentro de la economía de los sacramentos, presentados como "remedios para la salvación" y poderosos instrumentos para la lucha cristiana; por eso la unción es la ayuda querida por Cristo (promulgado en el texto de Santiago) para la situación característica del "final de la vida". Finalmente se debe tener presente la pluralidad de efectos (espirituales y corporales) indicada por el concilio, y la importancia concedida a la necesidad del ministerio ordenado para la administración del sacramento (que debe comprenderse en el contexto de la necesidad de tomar posiciones contra la eclesiología protestante).
b) El ritual de Pablo V (1614). A pesar de las intenciones conciliares de volver, con la realización de la reforma de los libros litúrgicos, a la antigua tradición, también el ritual de la unción (título V del Rituale Romanum de 1614) consagra la fijación medieval en su evolución litúrgica, subrayando el tono penitencial y la conexión con la muerte, aunque algunos textos litúrgicos expresan los temas de la tradición antigua (la primera y la tercera de las oraciones finales del rito). Son ciertamente muy apreciables los principios pastorales contenidos en el título VI del Rituale, para la visita y el cuidado de los enfermos.
c) Los ss. xix-xx. Mientras que los siglos posteriores a Trento se mueven sustancialmente en la óptica tridentina, la discusión teológica relativa al sacramento se organiza en torno a dos grandes escuelas: la alemana (Scheeben, Schell, Kern, Schmaus, Rahner), que retorna la tradición teológica medieval, particularmente la interpretación abelardina de la unción como sacramento de la preparación para la muerte y del paso a la vida eterna; y la francesa ("Maison-Dieu", Botte, Ortemann, Sesboüé), que pretende recuperar la praxis y la teología subyacente de la unción de la iglesia antigua antes de las transformaciones de la época carolingia.


[1] Por r. c. se entiende el complejo de actividades que en los s. viii y ix desplegó, o por lo menos promovió la dinastía real carolingia para purificar de deficiencias y depravaciones a las instituciones eclesiásticas, a la vida interna de la Iglesia, a las costumbres del pueblo cristiano, y también al sector secular del corpus christianum, y para someterlos a la norma obligatoria de la fe cristiana, a la norma rectitudinis.
[2] La reforma fue iniciada por Bonifacio y Chrodegang de Metz, continuada por Carlo Magno, seguida por Ludovico. La reforma se orientó hacia la restauración de las agrupaciones diocesanas, que se habían deshecho bajo los merovingios, se planteó con tanta claridad como la de la subordinación del clero a los obispos.
A la reforma interna iban destinadas las prescripciones morales para el clero y para el pueblo. Respecto de los sacerdotes se urgió la prohibición de llevar armas y también la obligación del celibato. Respecto de los seglares, se insistió en la prohibición de prácticas paganas y en la observancia del derecho canónico relativo al matrimonio. Después de la muerte de Bonifacio, Chrodegang acometió con decisión los planes de reforma. Por primera vez se logró una clara división de los eclesiásticos en dos órdenes: clérigos (regla de canónigos) y monjes.
En la Legislación de Carlo Magno, la reforma fue una meta pragmática, alcanzar la rectitudo, que había de penetrar todas las esferas de la vida. Continuo la reforma inicada por Bonifacio: la renovación de los antiguos derechos de la Iglesia Diocesana, se profundizó en la clara división entre el clero secular y regular y se fomentó la homogeneidad de la vida eclesiástica las comunidades monásticas debían componerse de canónigos o canonesas, o bien de monjes o monjas. Para aquéllos debía fijarse como norma obligatoria la Vita Canonica basada en la regla de Chrodegang, y para éstos la Regula Sti. Benedicti (Asamblea imperial de Aquisgrán, 802). Reforma litúrgica y canónica.
Ludovico Pio, continúa con la reforma, en su tercera fase. Se creó la estructura de una Iglesia nacional y unitaria…

miércoles, 26 de febrero de 2014

Epistemología II de Filosofía

EN EL CUADRO DE AUTORES, HAY QUE DESARROLLAR  PARA CADA UNA DE LAS CORRIENTES,  LA BIOGRAFÍA DEL AUTOR CON LOS SIGUIENTES ELEMENTOS:
    Nacimiento: lugar, fecha (muerte)
    Época
    Postulados
    Corrientes que se opusieron a su doctrina
    Discípulos


V-IV TEOLOGÍA BREVE HISTORIA DEL SACRAMENTO PENITENCIA

2. HISTORIA DE LA CELEBRACIÓN (Breve historia de la celebración)
El sacramento de la penitencia es el rito que más cambios ha tenido, influido por la cultura y las acentuaciones teológicas de cada época. En él aprendemos la libertad que tiene la Iglesia para tratar los sacramentos, sin apartarse de sus elementos esenciales. Es decir, aquello que el Señor instituyó y que la Iglesia formalmente ha declarado ser el contenido y lo fundamental de cada rito.
2.1      Prehistoria del sacramento de la penitencia
2.1.1   En la historia de las religiones
En todos los pueblos han existido ritos de expiación, por ser tales, suponen en  la existencia del individuo o de la comunidad, de un algo que ha creado una enemistad con la divinidad. A menudo este estado de enemistad se percibe cuando surge algún mal (dolor, persecución, desastres físicos, económicos, muerte), el cual sería revelador de que se ha violado una ley moral, se ha incurrido en algún pecado, o sea se ha violado un tabú.
2.1.2   En la Antigua Alianza
En cuanto al A. T. toda la historia de la revelación se puede dividir en dos momentos: alianza y penitencia, en el sentido de que la alianza, eterna por  parte de Dios, solo ha podido existir en el pueblo de Israel, en virtud de una continua predicación de la penitencia por parte de los profetas (Jl 1,13-15; 2,12-19; Am 4,4-12; Is 63,7-64,1-8; Esd 9,5-15), particularmente Ne 9,1-10, que se presenta como una verdadera liturgia penitencial
El día litúrgico por excelencia del AT el llamado yom ha kippurin o también yomḠ(el día por excelencia), de el se habla en Lv 16 y 23,26-32. En el NT se mencione en Hech 27,9, con el nombre de día de ayuno, y su rito está como trasfondo en: Hbr 6-10 para explicar el pleno valor redentor de la muerte de Cristo.
Se está de acuerdo en reconocer en Lv 16 la fusión de ritos diversos por su origen y su época. Probablemente el rito de purificación es el más antiguo y primitivo. Situado a comienzos de año, según el antiguo calendario y, ambientado en el desierto, conserva aún vestigios mágico-naturales: los pecados del pueblo son transferidos a un macho cabrío a través de la confesión del sacerdote y la imposición de manos, y este es entregado a merced del demonio Azazel,  que habita en el desierto.
También el Bautismo de penitencia de Juan podemos reducirlo a una liturgia penitencial (así se lo presenta: Mt 3,11; Mc 1,4; Lc 3,3; Hch 13,14; 19,4), que llevaba consigo una “confesión de los pecados” (Mt 3,5; Mc 1,5). La penitencia conversión consistía en una vuelta, en un regreso a Dios (Lc 1,16-17), que mostrase a los Israelitas, en su obrar,  como verdaderos hijos de Abraham y les devolviese a la alianza del pueblo de dios.

2.2.     Historia del sacramento de la penitencia
2.2.1   Sus orígenes neo-testamentarios
Ø  En los Evangelios
Cristo comienza su misión profética recogiendo el tema de la penitencia conversión que había sido propio del bautista (Mt 3,11; Mc 1,4). Después de que Juan fuera arrestado Jesús comenzó a predicar y a decir: conviértanse por que está cerca el Reino de los Cielos (Mt 4,1-17; Mc 1,14-15). Es una llamada general. Es una llamada general.
La misión propia de Jesús: llamar a los pecadores (Mt 9,13; Mc 2,17) y especifica que ha venido a llamarlos para que se conviertan y vivan (Lc 5, 32).
Consecuencia de la llamada ala conversión: la remisión de los pecados para aquellos que dan signos de conversión, aceptando la fe en Cristo. Por ej. El paralítico y la pecadora (Mt 9,2; Lc 7,48-50).
La penitencia consiste en una actitud de conversión, que lleva consigo el perdón, que simplemente se concede. No aparece para nada una especie de “liturgias penitenciales”, aunque se de una especie de proceso para el pecador (Mt 18,15).
Ø  En la Iglesia Apostólica
Los Apóstoles siguiendo el mandato de Cristo, anuncian la penitencia conversión y el correspondiente perdón de los pecados: Hch 3,19.26; 10,43; 13,38, como acontecimientos ligados a l misma misión de Cristo y a la fe de los creyentes.
En Hch 2,38, vemos que la conversión-perdón de los pecados está unida al bautismo. Verdadera liturgia penitencial, que al abrir el camino al bautismo de Cristo, introduce en una nueva esfera de vida. Se instaura una penitencia bautismal.
Surge la pregunta, si en la época apostólica hay o no  un rito penitencial que no sea el del bautismo y que tenga el mismo efecto dela remisión de los pecados…
De acuerdo al Padre Marsili, lo que queda claro en la Iglesia Apostólica:
a.         En la iglesia Apostólica existen pecados y pecadores (1 Co 5,11).
b.         Sobre estos pecados y pecadores la Iglesia y los jefes de la Iglesia dan un juicio 1Co 5, 3-4.
c.         Este juicio puede llevar a establecer la necesidad (o sea la pena correspondiente) de una separación (1Co 5,2.13; Rm 16,17).que es ser entregado a merced de Satanás (1Co 5,5; 1 Tm 1,20).
d.         El juicio de separación se da en nombre  “por el poder de Cristo” (1 Co 5,4).
e.         El juicio de separación se da con vistas a una conversión del pecador que no deja de ser un hermano (Ts 3,15) y por lo tanto hay que salir al encuentro con benevolencia (2 Co 2, 6-7).
f.          Si al juicio sigue la conversión-arrepentimiento, el pecador es perdonado (2 Co 2,10).
De estos elementos no se traduce la existencia de una forma ritual de penitencia. Se encuentra ya los elementos esenciales para la formación y el ejercicio de un sacramento que, más adelante, encontramos en la continuación de la historia y teología de la Iglesia: la confesión explícita de los pecados, la imposición de, manos, y todo ello hecho en nombre de Cristo.
2.2.2   Desarrollo histórico del sacramento de la penitencia
Periodos en el desarrollo de la penitencia, que cada vez, va asumiendo contornos cada vez más nítidos, respecto de la naturaleza ritual-sacramental.
1º (II-VI) penitencia canónica
2º (XVII-XII) la penitencia tarifada
3º (XIII-XX) la penitencia de confesión, época pos-tridentina
4º (XX… la penitencia de reconciliación, reforma del V II.

1º        De los siglos II-VI  penitencia canónica
Se hace más clara tanto la existencia como la forma y la organización de la penitencia sacramental, que en esta época se llama de varias maneras: penitencia, segunda penitencia, penitencia pos-bautismal, penitencia canónica, penitencia eclesiástica
a)                Existencia
Contexto polémico. Mientras que en el cristianismo apostólico, la penitencia era una realidad que progresaba pacíficamente, en el siglo II se convierte en un hecho traumático para una parte de la Iglesia que, preocupada por las recaídas en el pecado, de pronto creyó tener que restringir la posibilidad de la penitencia sacramental (Pastor de Hermas, Tertuliano “De paenitentia).



b)                Forma
La penitencia antigua se articulaba en tres momentos:
1º  confesión del pecado, secreta, al obispo o al presbítero encargado. Así se era admitido entre los penitentes, que junto con los catecúmenos y los fieles formaban las tres clases de que se componía la Iglesia.
2º   Obras penitenciales ayunos prolongados y en la prohibición de comer carne y beber vino; vestido humilde (saco) orar de rodillas, solicitar las oraciones de los demás durante la liturgia.
3º    Reconciliación o paz. Era el rito con el cual, mediante la imposición de manos del Obispo y de todo el clero presente, se daba la remisión de los pecados y la readmisión –de modo visible- en el seno de la asamblea eclesial. Desde el siglo IV el rito de la reconciliación tenía lugar durante la mañana del jueves santo.
c)    Organización
La penitencia se requiere siempre y solo para las culpas graves, públicas u ocultas. Aunque la Iglesia nunca aceptó la distinción entre pecados perdonables e imperdonables, siempre conoció la distinción entre culpas graves y pecados cotidianos. Por lo tanto conoce también una penitencia ordinaria o cotidiana que consiste en hacer cualquier clase de buenas obras (S. Agustín) y la penitencia extraordinaria, laboriosa para las culpas graves.
La penitencia canónica de los siglos II-VIII solo se puede hacer solo una vez en la vida y se retrasa lo más posible (a veces hasta el fin de la vida) a juicio del obispo. A los penitentes les estaba prohibido asumir cargos públicos, comerciar, ser admitidos a las órdenes sagradas, casarse…
El mismo rigor que pretendía levantar la vara de la vida cristiana, en la practica impulsaba a muchos a escapar de este sacramento no pidiendo la penitencia, alejándose de la Iglesia d¿ y de la Eucaristía, permanecían atrapados entre el remordimiento de los pecados y la falta de coraje para enfrentar la penitencia publica. Se convierte  la penitencia canónica, de esta manera, en el sacramento de los ancianos y de los moribundos.
d)    Observaciones sobre la antigua penitencia canoníca
Positivo: su lazo con el bautismo, su sentido eclesial, y su valor pedagógico.
Negativo: alejamiento de muchos fieles, el rigor de las obras de penitencia (la pena exterior) versus la gratitud del perdón (perdonar 70 veces 7). La duración e intensidad de la penitencia.


2º Siglos VII –XII: la penitencia tarifada
a)    La entrada en vigor
Junto a la penitencia anterior aparecen síntomas de un cambio penitencial. Hay algunos que ya no aceptan una única penitencia en la vida sino que piden la reconciliación con el presbítero cada vez que lo deseen.
Pastor de Hermas: (140) Tertuliano: fin 100 -200
En 589, el III Concilio de Toledo Ordena severamente atenerse a la “forma de los antiguos canones de la penitencia”. El Sinodo de (Chalon-Sur Saone,  Francia,644), ae expresa en términos muy diferentes: “los obispos están de acuerdo, por unanimidad, en que a los penitentes se les de la penitencia cada vez que hagan la confesión”. Algunos obispos, solo en algunos casos, conceden la reconciliación inmediatamente después de la confesión del pecado sin imponer ninguna penitencia ni publica ni privada, sino solo diciendo: a ejemplo de Cristo: “no peques mas”…

b)    Los libros penitenciales
El desarrollo mas evidente de la penitencia privada en los siglos VII-VIII es la aparición de los libros penitenciales venidos desde Irlanda e Inglaterra, estos establecen elencos y listas de pecados, que llevan anexa la pena correspondiente que hay que imponer al penitente por cada uno de los pecados (tarifa –tasa).
 El sistema tuvo éxito a medias y siguieron estando en vigor los libros penitenciales para la penitencia privada, pero se estableció que los pecados públicos y notorios estuvieran sometidos a la penitencia publica basándose en el principio: “a pecado grave oculto, penitencia secreta, según la tarifa; a pecado grave publico, penitencia publica, según el sistema antiguo”.
c)    Conmutaciones o rescates
Era evidente que la aplicación de la tarifa prevista para cada pecado, podía tener el resultado de que, al final de una sola confesión, se sumaran muchos años de penitencia. Para evitar acumulaciones penitenciales, que luego fueron imposibles de practicar, se inventaron las conmutaciones o rescates de la penitencia que podían hacerse de varios modos, según cálculos ya previstos.
ü  La penitencia de una cierta duración se conmutaba por otra mas breve pero mas severa.
ü  Penitencia conmutada recatada con dinero; por ej. Un año de ayuno se rescataba con 26 sueldos de oro (donados a los pobres o a la Iglesia.
ü  Penitencia conmutada rescatada con la misa, a sea, haciendo celebrar cierto numero de misas cuyo pago correspondía al valor de la penitencia impuesta.
ü  Penitencia conmutada rescatada por medio de otra persona, invocando para ello el precepto evangélico de llevar unos las cargas de los otros.

d)    Observaciones sobre la penitencia tarifada
Positivo: la posibilidad de reiterar el perdón y acceder mas fácilmente al sacramento. Negativo: la insistencia  casi matemática en las personas en que por hacerse tan difícil su cumplimiento, se pueden conmutar o reducir. En este contexto se destacan solo dos momentos: la confesión y reconciliación. Por esta época la penitencia que solo se concedía una vez en la vida, ahora es obligatoria una vez al año, por  orden del  IV concilio de Letrán (1215).
Ø  Del siglo XII a la época pos tridentina: la penitencia de confesión.
La confesión, por la vergüenza de decir los pecados se convierte en signo de expiación, la importancia de los actos del penitente se concentraba en la confesión de los pecados. Se le agregada un sentido humillación-vergüenza que había de soportar. Por lo tanto la concesión del perdón por parte de Dios se atribuía en su mayor parte a la confesión: la acción de reconciliación “que se va llamando cada vez mas absolución”, de hecho era tenida mas bien, por una especie de declaración autoritaria, con la que el sacerdote confirmaba el perdón alcanzado por parte de Dios.
Según santo Tomas dar ala absolución un valor puramente declaratorio  rompe, en la practica, la unidad sacramental, en la cual la acción del hombre no puede ser separada de la de Dios si se quiere que haya sacramento. Usando las categorías de materia y forma, la una exige a la otra: la confesión exige la absolución y la absolución presupone la confesión para formar así una realidad sacramental llamada penitencia.
El concilio de Trento, influenciado especialmente por el pensamiento de santo Tomas, tiene la preocupación de dar un cuerpo doctrinal, tanto en este caso  como para los demás sacramentos.
a)    La penitencia conversión siempre fue necesaria para el hombre. Para el cristiano se convierte en un sacramento, por la institución de Cristo.
b)    Que el sacramento fuera instituido por Cristo se deduce principalmente de Jn 290,22s:
c)    El sacramento se compone de diferentes partes: una constituida por todos los actos del penitente, que son: la contrición (perfecta o imperfecta), la confesión y la satisfacción; la otra esta constituida por las palabras del ministro. Yo te absuelvo…
d)    La confesión es la acusación integra  de todos los pecados mortales y de las circunstancias que pueden cambiar la especie del pecado.
e)    La absolución de los pecados confesados no es solo una declaración de perdón  de los pecados sino que alcanza su efecto (remisión de los pecados) a modo de acto judicial, de modo que puede declarar extinguido el delito y dejar libre al reo absuelto.
f)     La satisfacción que se impone en la penitencia tiene una doble finalidad:
ü  Es aceptación de una pena (sufrimiento-dolor) que debe rescatar del todo o en parte la pena aun debida por el pecado, cuya culpa ha sido remitida con la absolución.
ü  Es un medio para hacer más cautos y vigilantes a los pecadores en el futuro, mientras que contribuye a curar de los malos hábitos inducidos en el alma con el pecado.
En el periodo que siguió al C. de Trento la situación teológica no cambia en la práctica. Lo que más resalta fue el desarrollo de la pastoral de la Iglesia, que impulsa cada vez más la confesión como se le llamaba, es decir, la confesión frecuente, a diferencia de la penitencia antigua no está reservada solamente a los pecados  mortales (graves), sino que se extiende  a todos los pecados veniales (se crea entonces la confesión de devoción), factor de progreso espiritual y necesaria para la purificación antes de acudir a la Eucaristía.

martes, 11 de febrero de 2014

Liturgia Fundamental: el culto; La Liturgia de Cristo Sumo Sacerdote

Taller: 
1. Leer Sacrosanctum Concilium N° 1-13:
* Determinar qué relación extiste entre liturgia, obra     de la salvación, Jesucristo e Iglesia.

2. teniendo en cuenta el artículo siguiente, explicar ¿porqué se dice de Cristo que es el Litourgos el sumo sacerdote mediado?










LA LITURGIA DE CRISTO,
EL SUMO SACERDOTE


Toda la economía de salvación del Antiguo Testamento estaba encaminada hacia la venida de Cristo. Sólo en él se cumplen las promesas de Dios. Con toda la continuidad existente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, la llegada del hijo de Dios hecho hombre significa también una cesura sin cuya afirmación todo lo específicamente cristiano perdería su sentido 140
.
«Habiendo hablado Dios muchas veces y de muchas maneras a los padres en otro tiempo por los profetas, últimamente, en estos días, nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien hizo también los siglos» (Hb 1, 1-2).


El hablar Dios por medio del Hijo, al «hacerse hombre, sin trasformarse, una persona de la Trinidad» 141, al «entrometerse» en la creación el Hijo de Dios, por quien todas las cosas han sido hechas (Jn 1, 3), sin convertirse en una parte de ella, no es un hablar como aquel que ejercía a través de los profetas en el Antiguo Testamento. A través del Hijo emana el mandato divino no en primera línea, no sólo se concede el «nuevo mandamiento» y la nueva promesa, sino que la llegada del Hijo de Dios investido de nuestra naturaleza humana inaugura una novedad absoluta en la comunicación de Dios con el mundo. Sólo la llegada del Hijo de Dios en nuestra carne, su vida, su pasión, su muerte y resurrección hace posible la «liturgia» 142, cuyo celebrante principal es, hasta su regreso en la gloria, el que ascendió a los cielos y está en medio de sus discípulos (Mt 18, 20).
Esto hay que sostenerlo frente a los intentos de considerar, quizá en exceso, lo específicamente cristiano, en la unidad de la economía de salvación del Antiguo y del Nuevo Testamento, incluso de hablar sólo de un «primero» y «segundo» Testamento y de perder un poco de vista la novedad que llega con Cristo, cfr. p. ej. E. Zenger (Dir.), Der Neue Bund im Alten. Zur Bundestheologie der beiden Testamente. Friburgo-Basilea-Viena 1993 (QD 146). Así lo expresa el himno monogenés de la liturgia de san Juan Crisóstomo, cfr. Kallis 56-58; Kucharek, Liturgy 373-378. Cfr. J. Corbon, Liturgie aus dem Urquell 163ss.

4. Christos leitourgos, el sumo sacerdote mediador
«Uno es Dios y uno el mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, también hombre» (1 Tm 2, 5). Este mediador no es sólo el pregonero de la voluntad paterna o de un nuevo mandamiento, ni tampoco el maestro de una nueva idea o método del ascenso del hombre a Dios, sino, como una persona de la Trinidad que es, el sumo sacerdote mediador entre el Dios Trino y el ser humano.
Su acción mediadora consiste en la síntesis en su persona del mundo creado, apartado del Dios vivo con el fin de constituir su elevación sacrificial (anaphora) a través de la muerte a la plenitud de vida del Dios Trino. Esta síntesis se ha de comprender en el sentido del principio teológico que formuló Ireneo de Lyón 163 y que se extiende a lo largo de la teología de los padres de la
  1. Cfr. Kallis 104-105.
  2. Cfr. E Gahbauer, «O admirabile comrnercium». Relecture zweier Antiphoneninterpretationen, en ALw 27 (1985), 70-90.73, donde se hace alusión a Ireneo; cfr. igualmente N. Brox, Offenbarung, Gnosis und gnostischer Mythos bei Irenäus von Lyon, Salzburgo-Munich 1966, 184-188; P. Smulders, Dogmengeschichtliche und lehramtliche Entfaltung der Christologie, en MySal III, 1, Einsiedeln-Zürich-Colonia 1970, 406-411; W. Pannenberg, Grundzüge der Christologie, Gütersloh 1964, 32-37.

Iglesia: «Quod non assumptum, non sanatum». Quien participa de la comunidad con él, conforme a su naturaleza humana como fuente de la gracia, a través de él participa de la comunidad con el Dios Trino, de donde le viene a él su plenitud de vida.
Por medio del logos, por quien todas las cosas fueron hechas (Jn 1, 3), que se hizo hombre verdadero, entra el Dios Trino en una relación viva con el ser humano. Por la síntesis en el Hijo, todo ha sido creado no sólo a través de él, sino también «por él mismo y en él mismo» (Col 1, 16). «En Él» ha sido creado todo; El es la síntesis precreacional de todas las criaturas, cuya profanidad, propia de su condición de criaturas, «a través de Él» ha sido tolerada, pero que no es el fin en sí mismo, sino el camino a una meta que igualmente se consigue «a través de El»: alcanzar la gloria «en El», la participación en la liturgia celestial de la complacencia eterna que las tres personas divinas sienten mutuamente. Todas las cosas, las del cielo como las de la tierra, encuentran el camino de la unidad bajo el mandato de Cristo (Ef 1, 10)16'. Cristo es el nuevo Adán cósmico que ofrece al Padre la creación resumida en Él 165, lo cual subraya una vez más el punto de vista anafórico del sacrificio. Un punto de vista similar aparece en la Carta a los romanos: «Porque de él, por él y en él son todas las cosas» (Rm 11, 36).
La síntesis escatológica de la creación bajo el mandato de Cristo está fundamentada, según Rm 6, 5, en la muerte en la cruz: «Porque si fuimos injertados en él por la semejanza de su muerte, lo seremos también por la de su resurrección». El original griego habla del «injerto» del ser humano en su muerte y en su resurrección. Quien está en comunidad con Cristo, quien en Jesucristo es «uno» con sus hermanos y hermanas (Ga 3, 28), quien ha encontrado el camino de la unidad en el nuevo Adán, ése tiene acceso al Padre «por él», en el que habita la plenitud de la divinidad (Col 1, 19). Una vez «injertado» en aquel cuya naturaleza humana es la fuente de la gracia increada, ya no hay nada que pueda separar al hombre de la comunicación con el Dios vivo, ni siquiera la muerte o los infiernos están apartados de ella desde que Cristo, como fuente de la divinidad, ha «abrazado» a la naturaleza humana, alejada de Dios y caída en la muerte, a toda, hasta los más profundos abismos de la existencia humana 166.

El hombre se redime, al recuperar por el Hijo, por la encarnación, por la muerte y por el descenso a los infiernos, la capacidad de recibir la gracia in-
  1. Cfr. Josef Ernst, Pleroma und Pleroma Christi. Geschichte und Deutung eines Begriffes der  paulinischen Antilegomena, Regensburg 1970 (Biblische Untersuchungen V), 154-172.
  2. Cfr. Lossky, Théol. myst. 133. Lossky se refiere a la obra de Von Balthasar, Kosmische Liturgie 267ss.
  3. Cfr. Corbon, Liturgie aus dein Urquell 51-53; Lossky, Théol. myst. 138.

creada, esto es: a Dios mismo, la cual brota como una fuente de la naturaleza humana de Cristo. Como tal fuente de la gracia increada, visible, comestible en las formas eucarísticas, oíble en su palabra, en pocas palabras: accesible a los sentidos que es, Cristo es el sacramento primigenio que proporciona la vida divina. Dado que no existe entre Dios y el ser humano ninguna comunicación que no acontezca por medio de su naturaleza humana asumida, Él es, como tal, el sumo sacerdote mediador, el liturgo por excelencia, por el cual, y no antes, puede tener lugar la obra divina para los muchos (Leitourgia) de introducir al ser humano –y por él a toda la creación– en la plenitud del Dios Trino.
La naturaleza humana de Cristo es un «sacramento» porque en persona está unida, inconfusa e indivisamente, a la divinidad. «Comoquiera que la condición humana de Jesús en todas las fibras de su ser y en su amorosa aprobación es "filial", es capaz de asumir las emociones más calladas y las heridas más íntimas de nuestra humanidad para verter dentro de ellas la vida del Padre. Las energías deificadoras del cuerpo de Cristo nos comprehenderán de aquí en adelante en todo nuestro ser, todo nuestro "cuerpo". Sea la que sea la realidad física nuestra que el Señor asuma: el agua, el pan, el vino, el aceite, el hombre y la mujer, el corazón compungido, se apropia de ella en su cuerpo creciente y la hace irradiar con vida desde él. Lo que denominamos sacramentos, son en realidad acciones divinizadoras del cuerpo de Cristo en nuestra condición humana. Con total realismo espiritual, estas energías son sacramentales, de otro modo no podrían divinizarnos. Nosotros podemos recibir el espíritu de Cristo sólo porque El toma nuestro cuerpo en sí mismo. En cierto modo, Jesucristo todavía no pudo alcanzar la madurez plena de su poder divinizador durante su vida en la tierra: estaba limitado en sus relaciones, no sólo por su cuerpo, sino también por su mortalidad. Desde que venció a la muerte, las barreras están superadas y derribadas. En este sentido, el cuerpo de Cristo se convierte en sacramental en el sentido total del término, por su cruz y su resurrección. "Por su ascensión", nos dice Ambrosio, "Cristo aborda sus misterios", esto es: en sus energías sacramentales. Este traspaso era la pascua. Aun cuando desde la encarnación es un sacramento, el cuerpo de Cristo, si bien ya es un sacramento desde la encarnación, llega a serlo completa e ilimitadamente en su resurrección y ascensión; desde entonces existe para siempre el sacramento de la comunión entre Dios y los hombres» 167.
Esta perpetua obra del liturgo Cristo en las acciones litúrgicas de la Iglesia es, según Casel, un «misterio» por un tercer sentido. En primer lugar, es el «misterio» del Dios vivo, que habita en la luz inaccesible; luego, la revelación
167. Corbon, Liturgie aus dein Urquell, 76.
de Dios en la encarnación de su Hijo. «Cristo es el misterio personal, porque Él revela la incontemplable divinidad en su carne». Todo lo que Cristo hizo y dijo, es un «misterio» en ese sentido, pero, sobre todo, la cruz y la resurrección del Señor. Si bien, puesto que Cristo no es el mediador de una doctrina o de una orden, puesto que no es un maestro divino, sino el redentor mediante un acto de salvación, de este modo, Cristo prosigue su acto de salvación en el seno de la Iglesia. «Así, el "misterio" asume un tercer sentido, unido estrechamente a los dos primeros significados que, a su vez, son uno. Desde que Cristo ya no es visible entre nosotros, "lo visible en el Señor ha pasado a los misterios", como lo ha expresado León Magno. Nosotros encontramos su persona, sus actos de salvación, sus obras de gracia, en los misterios del culto, como dice san Ambrosio: "Te encuentro en los misterios..."» 168
168. Casel, Kultnlysterium, 19.

Michael Kunzler
La Liturgia de la Iglesia


BIBLIOGRAFÍA
O. Casel, Das christliche Kulttnysterium, Regensburg 19483. Conférences Saint-Serge. XVIIe Semaine d'études liturgiques 1970, L'économie du salut dans la liturgie, Roma 1982 (Bibliotheca EL. Subsidia 25).

I.H. Dalmais, La liturgie, célébration du mystére du salut: Martimort 1, París 1983, 260-282 (existe edición española La Iglesia en oración, Herder, 1992). G. Greshake, Erlösung und Freiheit. Zur Neuinterpretation der Erlösungslehre Anselnts von Canterbury, en ThQ 153 (1973), 323-245.

G. Greshake, Der Wandel der Erlösungsvorstellungen in der Theologiegeschichte, en L. Scheffczyk (Dir.), Erlösung und Emanzipation, Friburgo-Basilea-Viena 1973 (QD 61), 69-101.

G. Greshake, Gottes Heil — Glück des Menschen. Theologische Perspektiven, Friburgo-Basilea-Viena 1983.
V. Lossky, A l'image et á la ressemnblance de Dieu, París 1967.

S. Marsili, Verso una teologia della liturgia: Anamnesis 1, Turin 19912, 47-84.
S. Marsili, La teologia della liturgia nel Vaticano II, Anamnesis 1, Turin 19912, 85-105.
J. Meyendorff, Le Christ dans la théologie byzantine, París 1969.
G.L. Müller, Neue Ansätze zum Verständnis der Erlösung, en MThZ 43 (1992), 51-73.

H. Schillebeeckx, De sacramentele Heilseconomie, Antwerpen 1952.



EL CONTROVERTIDO CONCEPTO
DE «CULTO», O ¿QUÉ SENTIDO
TIENE EL SERVICIO RELIGIOSO?


Si se entiende la liturgia dialógicamente como comunicación entre Dios y el hombre, se supera en ese caso una forma de concebirla parcialmente en sentido latréutico-cultual. «Culto» es un concepto controvertido. Sólo un año después de la publicación de la Constitución sobre la liturgia, en el año 1964, Guardini cuestionó, por principio, la «capacidad cultual» del hombre contemporáneo, y expresó el temor de que el hombre moderno fuera profundamente incapaz de desarrollar «una conciencia elemental del contenido simbólico de la existencia» 21. Por otra parte, Corbon habla de una «tentación del culto» que afecta especialmente a los creyentes de orientación fundamentalista: la práctica del culto es la tercera obligación de la criatura hombre frente a su Dios creador junto a la fe en las verdades en las que se ha de creer y la observancia de los mandamientos que se han de observar
22.


1. Planteamiento de la cuestión

«,Persistirá la liturgia?» es la pregunta que, fundamentalmente, propone Müller, quien ve cuestionada la pervivencia de la liturgia por medio del siguiente modelo de pensamiento:

1. La liturgia consiste en actos externos que no tienen ningún otro objetivo sino el de expresar, a través de Ios hombres, la veneración debida a Dios. No
  1. Cfr. R. Guardini, Der Kulrakt und die gegenwärtige Arfgabe der liturgischen Bildung. Ein Brief, en LJ 14 (1964), 101-106; refundido en, R. Guardini, Liturgie und liturgische Bildung, Würzburg 1966, 9-18.
  2. J. Corbon, Liturgie aus deut Urquell, 109.

obstante, ¿acaso tienen esos actos, en modo alguno, un valor propio ante una «veneración trascendental de Dios», que sucede en una vida cristiana obediente a la voluntad del supremo? ¿El verdadero servicio religioso no es el amor al prójimo llevado a la práctica?, ¿una celebración litúrgica no sirve sobre todo a la motivación y a la reafirmación?, ¿acaso es la liturgia sólo un acto exclusivamente necesario por motivos pedagógicos pero cuya meta no es Dios sino los hombres?

2. Existe una relación entre el planteamiento expuesto y el hecho de que en el ánimo del hombre moderno se despierte una impresión «mágica» al poner en acción una realidad divina y espiritual, expresada mediante signos, y acciones significativas manifiestas. A ello se contraponen el pensamiento, la argumentación y la formación de la conciencia. La misa se entiende como una medida (social)-pedagógica y como una lección catequista multimedial que inicie y mantenga despiertos procesos político-sociales de cambio.

3. Müller teme que tal modelo de pensamiento pueda indicar una tradición que se extiende desde san Agustín hasta Rahner: los sacramentos –y con ellos toda la liturgia– son proclamaciones orales potenciadas por medio de signos externos, en las cuales se acepta, en el seno de la situación vital concreta de un hombre, el acto de salvación que tuvo lugar de una vez para siempre, y la promesa de salvación de Dios en Cristo. Las acciones externas apuntan a la fe acogedora; la cuestión del alcance de la salvación que puede trasmitir sigue sin resolverse en su profunda dimensión. Müller detecta paralelismos evidentes con la teología protestante, la cual, movida por la preocupación por la «sola gratia», no quiere oír hablar de la eficacia original de los sacramentos respecto a la salvación humana.
¿Es la liturgia, con sus acciones externas, en modo alguno, necesaria? Una teología de los sacramentos –y también una teología de la liturgía unida a ella–que no esté en disposición de responder satisfactoriamente la cuestión de la causalidad de las acciones externas respecto a su efecto salvífico, tiende con facilidad a sustituir la ejecución externa del servicio religioso por el kerygma y la diaconía 23.

2.
Crítica del culto
Toda crítica del culto –ya en el Antiguo Testamento– parte de una cuestión fundamental: ¿para qué necesita Dios la acción humana? Fácilmente puede olvidarse en la acepción del concepto del «servicio divino» que Dios, en prime-
23. Cfr. Müller, Bleibt die Liturgie, 158-161.
ra línea, sirve al hombre, y también puede malinterpretarse la acción del servicio divino como el servicio necesario del hombre para Dios. Desde la Constitución sobre la liturgia del concilio Vaticano II hay que considerar definitivamente superada una visión tan parcial.
Una visión cultual de la misa, típica de la modernidad, estaba ya predispuesta, desde un punto de vista histórico de la teología, hacía mucho tiempo. Ésta se impuso finalmente en el siglo XIX de forma general, fue aceptada en el derecho canónico de 1917 (c. 1256) y tuvo validez casi exclusiva hasta la encíclica «Mediator Dei» del papa Pío XII, del año 1947. Se estableció como fundamento la concepción cultual de la misa con ayuda de la clasificación, llevada a cabo ya en la escolástica, de la veneración de Dios por el hombre (de su «acto latréutico») en el sistema de las virtudes. La fuerte influencia de Cicerón, en cuyo pensamiento la religio –la virtud de los actos cultuales– se adscribe al ius naturae, llevó a los teólogos escolásticos a establecer una relación entre el «culto» y la virtud cardinal de la justicia: la criatura hombre le rinde a Dios, su creador, el culto de la adoración y de la veneración del que le es deudor (cultus debitus). Tal pensamiento también lo encontramos en santo Tomás: la religio, la virtud de los actos cultuales, es la virtud moral suprema porque la criatura rinde el servicio debido de la adoración a través del ejercicio a Dios como creador y sustentador suyo, en el sentido de una justicia de cambio (iustitia commutativa). Dado que el hombre en su totalidad –por tanto en cuerpo y alma– está obligado a esa acción de gracias, el culto abarca especialmente el lado externo, corporal. De este modo, dice ya Tomás de Aquino: «Quia ex duplici natura compositi sumus, intellectuali scilicet et sensibili, suplicem adorationem Deo offerimus, scilicet spiritualem, quae consistit in interiori mentis devotionem et corporalem, quae consistit in exteriori corporis humiliatione» 24.

Esta concepción es el fundamento de las «definiciones» de «liturgia» en cc. 1256/1257 CIC/1917: liturgia es el «culto público» que la Iglesia ordena como acto público para el cumplimiento, en los procesos externos del culto, de la adoratio debita y para cuya ejecución nombra a «personas del culto» específicamente encargadas. En opinión de Eisenbach esta concepción cultual de la liturgia fue la dominante hasta la encíclica Mediator Dei del papa Pío XII. Si bien, también después de la encíclica (1947) los documentos romanos obede-

24. S. Th. 2, 2 q. 84 a. 2. Respecto a la problemática del concepto del culto cfr. Lengeling, Grundvollzug 74; idem, art.«Kult», en HThGI, 865-880; cfr. el comentario de Lengeling a SC 7, E.J. Lengeling, Die Konstitution des Zweiten Vatikanischen Konzils über die heilige Liturgie. Lateinisch-deutscher Text mit einem Kommentar. Münster 19652 (Lebendiger Gottesdienst 5/6), 24ss., con atención especial al santo de Aquino.

cían todavía a esa visión; la complementariedad de la dimensión catabática/sotérica y anabática/latréutica, que en Pío XII se expresaba bajo la influencia del Movimiento Litúrgico y de la doctrina de los misterios ya no entra en ellos en acción 25
El mismo concepto de «culto» admite demasiadas interpretaciones para anunciar con su ayuda el lado corporal de la veneración de Dios por el hombre como cumplimiento de un deber al que está obligada la criatura. Abarcando su multiplicidad de significados, Lanczkowski lo define como concepto recopilador de las «formas fijadas y ordenadas del trato con lo divino»; aunque también esta definición es todavía demasiado general. «Culto» puede significar también el reconocimiento de algo superior, de un poder superior del que el hombre se sabe dependiente, ya sea un Dios u otro ser humano. Los hombres que estén investidos de una potestad especial pueden exigir de sus subordinados modelos cultuales de comportamiento 26.
La ambigüedad del concepto «culto» se fundamenta en su origen etimológico de «colere-cultivar, cuidar, venerar» y abarca por lo que concierne al contenido de sus significados todo un espectro del «trato cuidadoso». Es cultual la convivencia con lo santo y lo absoluto, que el hombre siente como majestuoso, pero del cual se siente, al mismo tiempo, dependiente para asegurar su vida. «Cultual» es un trato «cuidadoso», esto es protector con lo santo y lo absoluto para, por una parte, salvaguardar su santidad y, por otra, proteger al mortal y cargado de culpa ante el santísimo y purísimo. Eliade se refiere al «tabú y la ambivalencia de lo sacral», y la gloria de Dios (Kabod Yahvé) es sentida por el pueblo de la alianza del Antiguo Testamento también como espantosa, incluso como amenazadora: Quien contempla a Dios, ha de morir (cfr. Ex 33, 20) 27.
El culto protege en su condición de «forma ordenada y fijada de convivir con lo santo; en el culto el hombre puede acercarse a Dios porque Él le permite ese acercamiento y le ha dado el culto para ello. Yahvé mismo dona a Israel un orden cultual de salvación en la que vincula la concesión salvífica a determinados símbolos, ritos y personas, pero se reserva la potestad de conceder a quien quiera su gracia fuera de ese orden de salvación. Sin el culto el hombre siente todo acercamiento a Dios como un peligro de muerte, aspecto al
  1. Cfr. Eisenbach 82.
  2. Cfr. G. Lanczkowski, art. «Kult», en LThK2 VI, 659; idem, art. «Gottesdienst. I, Religionsgeschichtlich», TRE XIV (Berlín-Nueva York 1985), 1-5; C. Vogel, Das liturgische Amt im Leben der Kirche. Entfremdung von Kult und christlicher Gemeinschaft, en Concilium 8 (1972), 76-83. 76ss.; A. Chollet, art. «Culte», en DThC III, 2404ss.
  3. Cfr. Eliade, Die Religionen und das Heilige. § 6, Das Tabu und die Ambivalenz des Sakral, en 38-43.

que se refieren especialmente los preceptos cultuales de pureza de Israel 28. Personas, lugares, vestidos y objetos «escogidos» («sacrales») constituyen los elementos del «culto», entendido como una «convivencia cuidadosa» prefijada por normas fijas que se conciben como si Dios mismo hubiese otorgado su validez. Incluso en las formas secularizadas pervive esta función protectora del culto a través de prácticas cultuales –incluso cuando ya no se es consciente de su sentido— que han de prestar un servicio a la superación de las situaciones amenazadoras en la vida.

En la fe de Israel el culto se concibe como si hubiese sido ordenado por Dios. En el culto se comunica con su pueblo sin hacerse disponible, pero tampoco sin «fulminar», en su condición de santísimo y perfectísimo, al hombre limitado y pecador en el encuentro. El culto es el nivel de encuentro establecido por Dios entre sí mismo y los hombres para la salvaguarda de la identidad tanto divina como humana 29.

Sin embargo el concepto del «culto» sigue siendo resbaladizo, pues induce a la falsa suposición de que es posible predisponer al Dios soberano a cometer acciones de salvación; en pocas palabras: que es posible poner a Dios a nuestra disposición por medio del servicio del hombre dirigido a él. Este peligro se asienta sobre la suposición de una conexión obra-resultado-contexto (u omisión-resultado) que encuentra su expresión en el verbo transitivo «colere»: colere Deum, obra del hombre dirigida a Dios para la obtención del objetivo deseado.
«Cultuales» son los «cuidados» (todavía tan «espiritualizados») de los que el hombre hace partícipe a su Dios para cerciorarse de su bendición y protección. Esta «parcialidad anabática» choca con la indisponibilidad de Dios: el hombre «atiende» a la divinidad con sacrificios y actos de oración porque se percibe a sí mismo como dependiente de ella. Los actos del culto sirven para mantener alejada la ira de la divinidad y para alcanzar su bendición. De este modo, el «culto» sirve para la prevención de las necesidades humanas básicas o la obtención 30 de las ventajas deseadas en el sentido del do ut des. Schaeffler llama la atención sobre el hecho de que lo problemático de esta concepción ya ha sido observado por Platón (« ,para la ejecución de qué obra necesitan los dioses el servicio humano?»); así mismo Schaeffler se refiere al hecho de que
  1. Cfr. J. Scharbert, Heilsgeschichte und Heilsordnung des Alten Testaments, en MySal II. 1076-1144. 1123ss.
  2. Cfr. J. Scharbert, Heilsgeschichte und Heilsordnung des Alten Testaments, en MySal II, 1076-,144, 1123ss. 1128, Reinheitsgebote. H.J. Kraus, Gotteskienst in Israel. Munich 19622, 145-148; Gerhard v. Rad, Theologie des Alten Testaments 1, Munich 19879, 273.
  3. Cfr. R. Schaeffler, Der Kultus als Weltauslegung, en B. Fischer/B.J. Lengeling/R. Schaeffler/F. Schulz/H.R. Müller — Schwefe, Kult in der säkularisierten Welt, Regensburg 1974, 9-62. 11-13.

el concepto de culto en santo Tomás fue reinterpretado de modo que el «culto» ya no era una acción que lo obraba todo, sino que designaba algo, no era acción con una finalidad sino acción expresiva.

Lengeling rechaza absolutamente el concepto de «culto» por considerarlo inadecuado para abarcar la esencia de la liturgia cristiana: Con él se desplaza en exceso la acción humana al primer plano de manera que –como muestra también la historia del concepto hasta el concilio Vaticano II– se corría continuamente el peligro de considerar que el encuentro de Dios y del hombre dependía de la obra humana. Eisenhofer demuestra cómo los relictos del concepto culto que recuerdan a la magia todavía pueden tener repercusión: «Si el hombre se acerca a Dios en el culto, no quiere sólo rendirle el reconocimiento debido, él quiere también obrar la condescencia llena de gracia de Dios» 31. Parecidas conclusiones extrae Hanssens: en su opinión existen de hecho ambas tendencias, la ascendente/anabática y la descendente/catabática, pero sólo la descendente es constitutiva, lo que ya se expresa en el orden en que ambas se citan 32. Lengeling hace notar que la ciencia litúrgica anterior definía los efectos de salvación de la liturgia como consecuencia del culto público y, de ese modo, se acercaba peligrosamente a las opiniones pelagianistas, por no decir incluso mágicas. Esta afirmación es válida sobre todo en el momento en el que el concepto del culto se observa desde la perspectiva de la doctrina escolástica de la virtud y de su concepción de la virtud capital, según la cual el cumplimiento del cultus debitus por el hombre se considera el presupuesto para la obtención de los efectos de la salvación de Dios.

La parcialidad falsificadora no tiene en cuenta la primordialidad de la dimensión catabática, que es la que hace posible la anabática. El término «culto» sigue estando, en consecuencia, predispuesto a malentendidos que son incompatibles con la imagen revelada de Dios, y que contienen elementos mágicos residuales como los que la historia de las religiones asocia al término «culto»33. Según la crítica bíblica del culto, tampoco una concepción que pretenda disponer la indisponibilidad de Dios, bajo la forma que sea, por medio de actos humanos para la obtención de una acción (de salvación) puede corresponderse con la verdad revelada sobre Dios 34. La crítica bíblica se dirige a las formas del culto que desdeñan la libertad personal del Dios de la alianza, porque se

  1. Eisenhofer 1, 21.
  2. Cfr. J.M. Hanssens, La liturgia nell'enciclica «Mediator Dei et hominum«, en CivCatt 99 (1948) I, 579-594; II, 242-255.
  3. Cfr. A. Th. Khoury, Religionswissenschaft und Kult, en K. Richter (Dir.), Liturgie – ein vergessenes Thema der Theologie? Friburgo-Basilea-Viena, 19862 (QD 107), 54-64.
  4. Cfr. Lengeling, Liturgie – Dialog 28; Lengeling, Grundvollzug 72.

las concibe y se las ejecuta como si obrasen por sí mismas, pasando por alto una relación personal con ese Dios. Esta forma errónea se acerca a aquello que Kahlefeld define como «culto autónomo», el cual –una vez concedido por Dios– «obra» a partir de sí mismo. Similares son los argumentos de Stendebach, quien, por principio, considera la crítica del culto del Antiguo Testamento tambien válida para la concepción cristiana del servicio divino. También Congar se pronuncia contra la aceptación de una distancia fundamental de los profetas del Antiguo Testamento respecto a la acciones litúrgicas externas del culto en el templo, tal como la han aceptado sobre todo algunos teólogos protestantes tras una mirada soslayada al significado de la liturgia cristiana".


3
Intentos de solución

Desde el punto de vista del «giro antropológico» –por tanto desde la perspectiva humana–, Häußling entiende el «culto» como una forma original del comportamiento humano. Por medio de acciones simbólicas el hombre intenta ganar y asegurarse para sí el sentido de su existencia dentro del mundo además de sus indisponibles e imponentes fuerzas. Por ello, el fenómeno asentado en el hombre de un comportamiento cultual y su respectivo modelo se diferencia de la esencia de la liturgia cristiana 36.

El mismo Schaeffler intenta establecer una «fundamentación antropológica» del concepto «culto»: «Culto» es un rasgo existencial un asentado en el hombre de una interpretación religiosa de la existencia, pero teniendo en cuenta que en el fundamento de todo culto humano se encuentra la acción de Dios: el culto es la representación real de una acción divina original en una acción representativa humana. Ésta representa en el espacio y el tiempo la acción de salvación ya acontecida y que está sucediendo incesantemente; renueva con ello la comunidad cultual celebrante y, por medio de ella, el mundo entero. Esta representación es, en cualquier caso, una interpretación procedente de Dios, de la realidad del mundo y del hombre que habita en él. El objeto del culto es, en consecuencia, la interpretación de una realidad «existente» de todos modos, a la que el hombre le «permite» acercarse a él, la cual contiene para él la pa-
  1. Cfr. H. Kahlefeld, Das Problem des Kultes, en LJ 17 (1967), 32-39.34; F.J. Stendebach, Kult und Kultkritik im Alten Testament, en N.J. Frenkle/F. J. Stendebach/P. Stockmeier/Th. Maas-Ewerd, Zum Thema Kult und Liturgie. Notwendige oder überholte Ausdrucksform des Glaubens. Stuttgart 1972, 41-64. 54ss.; Congar, Das Mysterium des Tempels 60.
  2. Cfr. A.A. Häußling, Liturgiereform, Materialien zu einem neuen Thema der Liturgiewissenschaft, en ALw 31 (1989), 1-32. 21. 30.

rusía de Dios en su relación de espacialidad y temporalidad. No es el hombre el que produce esa presencia de Dios y de su acción de salvación, sino que le permite a la auténtica verdad que procede de Dios (la verdad prototípica) que se acerque a él y que aparezca en sí misma y en su mundo. Como tal rasgo existencial religioso que es, Schaeffler adscribe el concepto del «culto» al «alfabeto y gramática de la religión», de los cuales se deberían servir tambien la proclamación y la liturgia del cristianismo.
Pero también se pueden plantear algunas considerables objeciones en contra de estas nuevas interpretaciones: ¿no depende de nuevo la «llegada» de Dios, del hombre que abre su identidad y su mundo para el supremo? Frente a las objeciones todavía no resueltas se eleva una imagen «racional» de Dios, según la cual la moralidad —el amor activo al prójimo– viene a sustituir a las acciones rituales. «La Ilustración y el idealismo han sacado esa conclusión» 37. Una religión que sitúe su centro de gravedad inconfundiblemente en los valores éticos no puede aceptar que la presencia de Dios en el mundo se lleve a cabo por medio de prácticas rito-cultuales. Además, es posible que estos intensos planteamientos de la controversia no los haya provocado la visión del mundo científico-técnica, sino que incluso pueden invocar el testimonio del Nuevo Testamento. La adoración de Dios «en espíritu y en verdad» (In 4, 24) ya no conoce unos tiempos, lugares y acciones especiales, es decir, cultuales (o «sacrales»), sino que acontece «por medio del servicio a aquello que es verdadero, bueno, hermoso y, por lo tanto, adecuado al espíritu; lo que es más: en la vida más cotidiana. La ley natural y la ley moral han relevado a la ley cultual no porque hayan triunfado sobre la religión, sino porque precisamente una revelación religiosa ha puesto tanto en duda la visión cultual del mundo, que también la crítica filosófica del culto pudo llegar a influir en un amplio grupo de población» 38. El dilema del culto radica al parecer nada menos que en la cuestión de la autodisolución de la religión.
¿Para qué existe entonces el servicio divino? No puede ser una obra del hombre dirigida a Dios, tampoco un complemento humano de la actividad de Dios como si su acción no fuera suficiente por sí misma. El hombre puede ser la imagen de Dios –es decir, su forma presencial– y por ello puede provocar formas en el presente, esto es, efectuar acciones según un modelo en las que la obra única de salvación de Dios, siempre nueva y renovadora de la
  1. R. Schaeffler, Die Stellung des Kultus im Leben des Meschen und der Gesellschaft. Eine anthropologische Grundlegung, en K. Baumgartner y otros, Unfähig zum Gottesdienst? Liturgie als Aufgabe aller Christen. Regensburg 1991, 9-34. l lss.
  2. /bid., 13s.

vida, entra en este mundo. La moralidad no convierte el culto en algo superfluo, sino que se hace posible precisamente a través de él: el culto vuelve a convertir al hombre, reiteradamente, en la imagen de Dios, en su forma presencial en el mundo 39.

¿Hay necesidad entonces, en vista de la primacía de la catábasis, del connotado y discutido concepto del «culto»? La postura por principio escéptica de Lengeling respecto al «culto» sigue estando justificada porque con este concepto sólo difícilmente se consigue expresar aquello que tiene que preceder a toda intervención humana en los servicios religiosos: la iniciativa salvadora de Dios en signos visibles y en ejecuciones externas, o dicho de otra manera: la dimensión catabática. Sólo ella le da un sentido a las ejecuciones externas, a toda la liturgia.

39. Cfr. Schaeffler, Die Stellung des Kultus 17; idem, Der Kultus als Weltauslegung, en B. Fischer/B.J. Lengeling/R. Schaeffler/F. Schulz/H.R. Müller-Schwefe, Kult in der säkularisierten Welt. Regensburg 1974, 9-62. 61, el culto es el «alfabeto y la gramática de la religión»; idem, Die Stellung des Kultus 11-14; planteamiento de la cuestión del culto recurriendo a la «imagen razonable de Dios» y a la acentuación de lo ético.
Michael Kunzler
La Liturgia de la Iglesia

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